(15.05.07) Arrepentimiento en vano

Y ahí estaba, viendo marcharse al último tren, llevándose lo más preciado: el aroma de la felicidad.
Mis mojadas mejillas demostraban el dolor que a mi ser recorría; no deseaba nada más que volver en el tiempo cinco minutos atrás y abrazar mi mayor deseo, jamás dejándolo ir. La gente, amontonada frente al lugar donde se mantuvo estacionado aquel arrebatador de esperanzas, había ya dejado de hacer notar su presencia, cada uno preocupándose de lo suyo, al igual que mi mente sollozaba recordando en unos instantes aquellos vivos recuerdos que en mi corazón residen.
Siempre sola, desconfiando de todos; únicamente requerida cuando los demás necesitaban algo. Todos los días, una rutina; todas las horas, un desperdicio; todo minuto, un sueño donde encuentro a aquella persona que me quiera simplemente por ser como soy, no por lo que hago o podría ser.
Un nuevo año, el final de mi carrera en la universidad; los únicos que reconocían mi capacidad eran los profesores, pero, por supuesto, sólo sabían de mí en el sector académico.
Aquella mañana, un nuevo personaje apareció en la escena. Cómo siempre, los rumores, sean ciertos o no, corrieron rápidamente; este joven se había transferido desde la capital, se decía que había sido expulsado por tráfico de drogas con menores.
Inició nuestro primer periodo, literatura III, que consistía principalmente en poesía, interpretación y lecturas varias. La orden fue escoger una pareja y un texto a analizar. Para mi sorpresa, el misterioso muchacho de la mirada serena me pidió que trabajáramos juntos – no me negué. Rápidamente terminamos el trabajo asignado y, asombrándome nuevamente, inició una conversación conmigo, sin malas intenciones. Nuestra charla resultó fluida y relajante; él fue la primera persona en conocer mi verdadera personalidad.
Se me unió durante el almuerzo, y le pregunté sobre aquellos esparcidos rumores. Él sólo se rió y replicó.
- Sí, me transferí desde la capital, pero no porque me echaran, sino porque siempre he amado esta ciudad…
Al decir esto, su mirada se suavizó, lo que me conmovió levemente. Mis mejillas se colorearon de un pálido rosa, lo cual, por suerte, él pareció no notar, pero inmediatamente se avergonzó por su sensible comportamiento.
Así fueron pasando los días, los meses, conociéndonos y cultivando una gran amistad. Pero comencé a notar un cambio en mí: cada vez que otra persona me quitaba su atención, sentía una especie de furia en mi interior, que más tarde reconocí como aquel, para mí, desconocido sentimiento que múltiples veces oí mencionar, los celos. Mi comportamiento hacia él cambió de manera inesperada, por el miedo a que una nueva sensación destruyera la única real amistad que había tenido luego de tantos años.
Un día, se manifestó su figura a mi lado, mas, al tratar alejarme, tomó suavemente de mi brazo, y me pidió un momento para charlar. Nos dirigimos a un parque de la ciudad; ninguno pronunciaba palabra, como si los últimos rayos de sol hubieran apagado toda voz; rompió el silencio rogando por una explicación a mi extraño comportamiento.
- ¿De qué hablas? – Traté de convencerle que sólo se estaba haciendo ideas falsas, pero lo inesperado ocurrió. Se abalanzó hacia mí, rodeándome con sus brazos.
- ¡Por favor! No te alejes más de mi lado, yo te quiero, te quiero como a nadie he podido querer. Por favor… - Sentía que se aferraba fuertemente, así como su voz se hundía en una tristeza indescriptible para mí; mis palabras y pensamientos se escondían. Ni siquiera lo pensé: lo abrasé fuerte, dándole a entender mi respuesta a su plegaria.
- No me iré jamás, quiéreme, yo te quiero también – En ese momento me di cuenta que mis sentimientos vencieron a mis acciones. Ambos, perdidos en la magia del momento, dejamos que nuestra pasión fuera demostrada a través de un beso, el que, aun que eterno pareciera, sabíamos que no lo fue.
Esa misma noche me pidió que fuera su novia, a lo cual accedí sin preámbulos. Los meses que siguieron, incluyendo nuestra licenciatura de la carrera, fueron hermosos momentos que juntos vivimos, llegando a pensar que ya nada podía arruinar nuestra felicidad. Después de medio año comenzamos a vivir juntos, soñando cada instante de nuestra vida.
Un cierto día, el teléfono sonó, y cuando él respondió, recibió la terrible noticia del fallecimiento de su padre; su viuda madre vivía sola ahora – pensó este en irse con ella, pero desechó la idea, para no abandonarme a mí. Le discutí muchas veces para que fuera a su lado, hasta que logré convencerlo. Sin embargo, en el fondo de mi corazón, no soportaba la idea de apartarme de él.
Llegó el día de su partida. Estábamos ambos en la estación.
- ¿Estás segura de esto? – Me preguntó con notoria tristeza en sus ojos.
- Por supuesto, ella te necesita – Le respondí con una falsa sonrisa, aguantando el nudo que me asfixiaba.
Lo abrasé y besé por última vez, conteniendo el correr de mis lágrimas. Lo vi subir al tren, marcharse, y a mis sentimientos dejé escurrir por mi rostro como agua rebalsando un diminuto vaso.
El deseo de jamás haberlo dejado partir, de haberle expresado mi verdadero pensamiento y cariño, abatió mi corazón e hizo explotar mi nostalgia.
- Adiós, perdóname, iré por ti, estaré a tu lado una vez más…
