(31.08.06)
'¿Cuándo cambiarán las cosas?' me repetí una y otra vez mientras salía del edificio que solía ser mi lugar de trabajo.
Llevaba nueve años trabajando en una empresa de exportación de maderas, como diseñador de logotipos y propagandas. Tenía a mis amigos, con los que cada sábado cos juntábamos a tomar o ver algo, y nunca había tenido problemas con nadie, mucho menos con mis jefes o superiores. Hasta hoy; llegó una muchacha, novia del hijo de mi jefe, a pedir trabajo, y tenía que aceptarla, pero a la vez tendría que despedir a uno de nosotros y, bueno, fue mi turno.
Me dirigí a mi departamento; dejé mi bolso en el sofá y seguí mi rutina diaria: me preparé un café, me senté en el balcón a mirar la puesta de sol y, reemplazando mi pensamiento de diseño para el próximo logotipo, me dediqué a buscar infructuosamente en el diario por un nuevo trabajo.
Era sábado, y recordé nuestras juntas en el bar; por un momento decidí ir a encontrarme con mis amigos, pero luego decidí ponerlos a prueba de la manera que mi padre me había aconsejado hace años: "Cuando dejes de pagar por ellos, llevarlos o acompañarlos, sólo los verdaderos amigos se quedarán a tu lado"; me quedé en casa, viendo las noticias, hasta que decidí salir a pasear.
Frente a mi edificio, estaba la costanera, donde use en marcha mi 'plan de entretención'. Caminé por esta durante 15 minutos, hasta que me senté en una banca y observé las tranquilas aguas de mi ciudad, Valdivia. Al ver la luna, recordé a mi fallecida esposa. Su rostro era pálido, pero con vida, sus ojos eran de un azul profundo y su mirada siempre demostraba la ternura que en sus escasas palabras escondía, era de mi estatura, su oscuro cabello alcanzaba la mitad de su espalda y su piel era suave como el algodón. Murió cinco años después de nuestra boda; una terrible tuberculosis se la llevó y, junto a ella, a nuestro único hijo.
Las lágrimas se formaban en mis ojos al recordarla-yo la amaba-, pero siempre me decía "No llores, amor, debes ser fuerte. Si tú lloras, yo también; si tú sonríes, yo sonreiré también". Así que sequé las lágrimas y volví a mi departamento, para perderme en un largo sueño.
A la tarde siguiente, todo pareció mejorar. Encontré un aviso de trabajo en el diario, al cuál decidí presentarme, junto a esto, recibí la llamada de Steven y Miriam, antiguos colegas de la empresa, estaban preocupados de mi ausencia en el bar-encontré a mis verdaderos amigos- y querían saber si me encontraba bien.
Llevaba nueve años trabajando en una empresa de exportación de maderas, como diseñador de logotipos y propagandas. Tenía a mis amigos, con los que cada sábado cos juntábamos a tomar o ver algo, y nunca había tenido problemas con nadie, mucho menos con mis jefes o superiores. Hasta hoy; llegó una muchacha, novia del hijo de mi jefe, a pedir trabajo, y tenía que aceptarla, pero a la vez tendría que despedir a uno de nosotros y, bueno, fue mi turno.
Me dirigí a mi departamento; dejé mi bolso en el sofá y seguí mi rutina diaria: me preparé un café, me senté en el balcón a mirar la puesta de sol y, reemplazando mi pensamiento de diseño para el próximo logotipo, me dediqué a buscar infructuosamente en el diario por un nuevo trabajo.
Era sábado, y recordé nuestras juntas en el bar; por un momento decidí ir a encontrarme con mis amigos, pero luego decidí ponerlos a prueba de la manera que mi padre me había aconsejado hace años: "Cuando dejes de pagar por ellos, llevarlos o acompañarlos, sólo los verdaderos amigos se quedarán a tu lado"; me quedé en casa, viendo las noticias, hasta que decidí salir a pasear.
Frente a mi edificio, estaba la costanera, donde use en marcha mi 'plan de entretención'. Caminé por esta durante 15 minutos, hasta que me senté en una banca y observé las tranquilas aguas de mi ciudad, Valdivia. Al ver la luna, recordé a mi fallecida esposa. Su rostro era pálido, pero con vida, sus ojos eran de un azul profundo y su mirada siempre demostraba la ternura que en sus escasas palabras escondía, era de mi estatura, su oscuro cabello alcanzaba la mitad de su espalda y su piel era suave como el algodón. Murió cinco años después de nuestra boda; una terrible tuberculosis se la llevó y, junto a ella, a nuestro único hijo.
Las lágrimas se formaban en mis ojos al recordarla-yo la amaba-, pero siempre me decía "No llores, amor, debes ser fuerte. Si tú lloras, yo también; si tú sonríes, yo sonreiré también". Así que sequé las lágrimas y volví a mi departamento, para perderme en un largo sueño.
A la tarde siguiente, todo pareció mejorar. Encontré un aviso de trabajo en el diario, al cuál decidí presentarme, junto a esto, recibí la llamada de Steven y Miriam, antiguos colegas de la empresa, estaban preocupados de mi ausencia en el bar-encontré a mis verdaderos amigos- y querían saber si me encontraba bien.
